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2025-12-16
Espacio digital, inteligencia artificial y la lucha por la vida cívica
En todo el mundo, la inteligencia artificial está transformando rápidamente las economías, la gobernanza, la cultura y la participación ciudadana. Sin embargo, mientras que la ética de la IA se debate intensamente en las salas de juntas y los círculos políticos de Europa y Norteamérica, las comunidades del Sur Global suelen encontrarse con estas tecnologías primero como campos de pruebas, en lugar de como coarquitectas de su futuro digital. En el centro de este desequilibrio se encuentra una pregunta fundamental: ¿quién gobierna la vida pública cuando las reglas digitales aún se están escribiendo?
Las tecnologías digitales median ahora en casi todos los aspectos de la vida moderna, desde la prestación de asistencia sanitaria y la inclusión financiera hasta las elecciones, el periodismo, la educación y la memoria cultural. Sin embargo, el espacio cívico y los derechos digitales siguen siendo algunas de las libertades menos protegidas en todo el mundo. Como ha señalado Naciones Unidas, la transformación digital global ha sido profundamente desigual, con brechas persistentes en el acceso, la gobernanza y la rendición de cuentas que determinan quién se beneficia de la digitalización y quién se queda atrás.
En muchos países, todavía no existe un marco jurídico integral que regule cómo los sistemas de inteligencia artificial recopilan datos, cómo se utilizan esos datos para configurar el discurso público o cómo los sistemas algorítmicos influyen en la participación democrática. Esta ausencia de regulación tiene consecuencias tangibles. La desinformación se propaga rápidamente, los datos biométricos se recopilan sin un consentimiento significativo y la vigilancia se expande sin supervisión pública, a menudo normalizada a través de narrativas de eficiencia en lugar de debate democrático.
Campañas como la iniciativa #HablemosDigital de Forus ilustran cómo la sociedad civil está creando activamente espacios inclusivos para el diálogo público sobre la gobernanza digital, el poder y la participación, especialmente en regiones donde estas conversaciones suelen quedar excluidas de los procesos formales de elaboración de políticas.
En ningún lugar son más visibles estas tensiones que en el Sur Global. Los sistemas de IA se utilizan cada vez más en contextos caracterizados por la diversidad lingüística, las economías informales y la capacidad desigual de los Estados. El reto no es solo que muchos conjuntos de datos no reflejan los idiomas, las historias y las realidades sociales locales, sino también que los datos de estas regiones a menudo se extraen sin consentimiento significativo, transparencia o compensación justa.
Esta doble dinámica —por un lado, la infrarrepresentación y, por otro, la sobreextracción— refuerza las desigualdades globales. Las comunidades del Sur Global suelen proporcionar los datos brutos que alimentan los sistemas de aprendizaje automático, mientras que el valor económico generado a partir de esos datos recae en gran medida en las empresas tecnológicas con sede en el Norte Global. Como ha observado el PNUD en el contexto de América Latina y el Caribe, la transformación digital puede agravar la desigualdad cuando la conectividad y la innovación avanzan más rápido que la gobernanza inclusiva y las salvaguardias públicas.
Estos desequilibrios estructurales se manifiestan de manera concreta. Los sistemas lingüísticos automatizados suelen clasificar erróneamente o excluir las lenguas africanas e indígenas, lo que limita el acceso a los servicios digitales y refuerza la marginación lingüística. Los sistemas de identificación biométrica, que se utilizan a menudo para acceder a las prestaciones sociales, gestionar las fronteras o registrar a los votantes, han identificado erróneamente de manera desproporcionada a las mujeres y a las personas de piel más oscura debido a datos de entrenamiento sesgados, lo que ha llevado a su exclusión de servicios esenciales. Del mismo modo, la puntuación crediticia basada en la inteligencia artificial, las plataformas laborales y los sistemas de protección social a menudo no reconocen el trabajo informal, lo que hace que millones de personas sean económicamente invisibles.
En declaraciones a Mika Välitalo en FINGO – Finnish NGO Platform,, estos patrones revelan cómo los sistemas tecnológicos pueden parecer neutrales mientras reproducen relaciones de poder profundamente desiguales.
Sobre el terreno, las organizaciones de la sociedad civil (OSC) desempeñan un papel fundamental en la formación de las comunidades, los periodistas y los funcionarios locales para que comprendan —y cuestionen críticamente— la toma de decisiones algorítmica. La IA no es una «eficiencia neutral», sino que refleja decisiones políticas y sociales sobre qué conocimientos cuentan y qué vidas son legibles para los sistemas de poder. En este sentido, la sociedad civil actúa como una prueba de resistencia democrática para la innovación, resistiéndose a la adopción impulsada por el entusiasmo y exigiendo pruebas, transparencia y rendición de cuentas.
Es importante destacar que esto no requiere que las OSC se posicionen como antitecnológicas. Más bien, pueden poner a prueba modelos de recopilación de datos centrados en la comunidad y trabajar con los desarrolladores para diseñar sistemas que reflejen los idiomas, las normas y las realidades vividas a nivel local. Sin embargo, en una era a menudo descrita como un «tsunami de IA», este tipo de trabajo participativo y con base real sigue contando con pocos recursos y es difícil de ampliar.
En general, la sociedad civil ocupa una posición única y poderosa: lo suficientemente cercana a las comunidades como para identificar los daños de forma temprana, pero a menudo lo suficientemente independiente como para desafiar tanto a los gobiernos como a las empresas. Las OSC hacen visibles los daños invisibles, recopilando testimonios de personas que han sido repetidamente clasificadas erróneamente, a las que se les han negado servicios o que han sido silenciadas por sistemas automatizados. Sin este trabajo, muchos daños relacionados con la IA siguen siendo estadísticamente «aceptables», aunque social y económicamente devastadores.
La exclusión lingüística sigue siendo un ejemplo claro. La mayoría de los sistemas de IA se entrenan en menos de 100 idiomas de los más de 7000 que se hablan en todo el mundo. En África, ninguno de los idiomas del continente aparece entre los más utilizados en Internet, lo que refuerza una jerarquía digital en la que culturas enteras siguen siendo marginales para los sistemas que configuran la vida pública.
Por qué la sociedad civil debe configurar la gobernanza de la IA
Es en esta brecha, entre el poder tecnológico y la protección pública, donde la sociedad civil ha surgido como una fuerza democrática vital. El Manifiesto de la sociedad civil para una IA ética, elaborado por Forus, refleja un movimiento transnacional en auge que reclama una gobernanza de la IA basada no solo en la innovación, sino también en los derechos humanos, la dignidad, la justicia y la sostenibilidad medioambiental.
Elaborado a través de mesas redondas presenciales, talleres regionales, sesiones de narración de historias comunitarias y consultas con expertos en múltiples regiones, el Manifiesto se centra en las voces de los organizadores de base, los defensores de los derechos humanos, los periodistas y los defensores de los derechos digitales. Su propósito es tanto cívico como práctico: cuestionar la idea de que la gobernanza de la IA pertenece exclusivamente a los gobiernos y las empresas, y afirmar que las propias comunidades deben ayudar a configurar su futuro tecnológico.
El Manifiesto plantea preguntas urgentes: ¿Cómo se puede lograr que los sistemas de IA sean transparentes y trazables? ¿Quién es responsable cuando se producen daños? ¿Cómo podemos garantizar que las tecnologías emergentes no agraven la desigualdad ni aceleren el daño medioambiental? Y, lo que es más importante, ¿cómo podemos evitar que la innovación digital se convierta en una nueva arquitectura de exclusión?
El panorama de la IA en África: ¿crecimiento sin salvaguardias?
Estas preocupaciones no son teóricas. En todo el Sur Global, y en particular en África, la digitalización se está acelerando rápidamente, a menudo superando el desarrollo de salvaguardias normativas. Las nuevas infraestructuras, plataformas y sistemas de IA están remodelando las economías y las instituciones públicas, al tiempo que plantean cuestiones urgentes en torno a la soberanía de los datos, la rendición de cuentas y la supervisión democrática.
La creciente integración de África en los sistemas digitales mundiales conlleva tanto oportunidades como riesgos. A medida que se amplía la conectividad y aumenta la adopción de la IA, el continente se integra cada vez más en los flujos de datos mundiales, pero muchos países siguen lidiando con marcos de gobernanza digital fragmentados y una capacidad reguladora limitada. Esta brecha entre la expansión tecnológica y la protección pública confiere a la sociedad civil un papel fundamental a la hora de configurar el desarrollo de la innovación.
En 2024 se completó el cable submarino Core 2Africa, lo que amplió drásticamente la conectividad a Internet de alta capacidad en todo el continente y reforzó la integración de África en los flujos de datos globales. Si bien esto promete crecimiento económico, también intensifica la preocupación sobre quién controla los datos, las plataformas y la infraestructura digital.
Al mismo tiempo, las empresas multinacionales están realizando movimientos estratégicos de alto riesgo. En 2025, Tesla constituyó oficialmente Tesla Marruecos, seleccionando a este país como su primera base comercial en África. Esta medida refleja el auge de Marruecos como importante centro de fabricación de automóviles y como corredor creciente de vehículos eléctricos vinculado a las cadenas de suministro europeas y chinas. Si bien estas inversiones pueden generar puestos de trabajo e infraestructura, también amplían la influencia de los poderosos actores tecnológicos en entornos normativos que aún luchan por proteger a los trabajadores, los consumidores y los ciudadanos digitales.
Una vez más, la sociedad civil desempeña un papel crucial: salvaguardar la responsabilidad democrática y, al mismo tiempo, participar de manera constructiva en la innovación.
El poder cívico en la era digital
Las redes de la sociedad civil, como Forus, amplifican la labor de las organizaciones de base en África, América Latina, Asia y Europa del Este, fortaleciendo las coaliciones que defienden el espacio cívico en un momento en que la represión digital va en aumento. Las redes de la sociedad civil, como Forus, amplifican el trabajo de las organizaciones de base en África, América Latina, Asia y Europa del Este, fortaleciendo las coaliciones que defienden el espacio cívico en un momento en que la represión digital va en aumento. En toda la red Forus, un número cada vez mayor de miembros y socios se están comprometiendo con los derechos y la gobernanza digitales, documentando cómo las leyes y prácticas digitales afectan al espacio cívico y al entorno propicio para la sociedad civil, planteando preocupaciones sobre la vigilancia y los impactos discriminatorios, abogando por un entorno digital seguro y basado en los derechos, y una mayor inclusión de la sociedad civil en los procesos de toma de decisiones sobre la gobernanza digital global. A través de iniciativas como EU SEE y CADE, Forus apoya a sus miembros con pruebas, herramientas y plataformas para fortalecer la participación de la sociedad civil en la formulación de políticas digitales.
Es fundamental señalar que el Manifiesto de la Sociedad Civil para una IA Ética no es un documento de protesta. Se trata de una intervención política constructiva, un plan de acción para los gobiernos, los donantes y las empresas tecnológicas que buscan una gobernanza colaborativa basada en realidades vividas, en lugar de narrativas abstractas sobre la innovación.
El panorama digital ya no es un mundo paralelo, sino el propio espacio público. Las elecciones se configuran mediante algoritmos, los movimientos se organizan en línea y el poder se ejerce cada vez más a través de plataformas. Como nos recuerda el Manifiesto, no hay espacio cívico sin espacio digital, ni futuro digital justo sin el liderazgo de las comunidades más afectadas por el poder tecnológico.
Este artículo ha sido escrito como parte del programa de becas de periodismo Forus. Más información aquí.
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